lunes, 24 de octubre de 2011

Al límite


Hoy he vuelto acudir como desde hace más de un año a nuestra cita. Llevo todo el día pensando en ello, me encanta hacerlo contigo al anochecer y dejar que la luna sea testigo de nuestro momento. Acabo extenuada a tu lado pero lo deseo.
Mientras corría a tu encuentro me repetía una y otra vez que hoy seria diferente. No pienso dejar que tú tomes siempre la iniciativa, hoy voy a ser yo, te voy a llevar a mi terreno. Como si de la primera vez se tratara empezamos muy suave, disfrutando del momento. Tú vas subiendo lentamente el ritmo, yo siento que mi corazón se dispara. Me acerco a ti, tu piel roza la mía, cruzamos nuestras miradas. Mis pulsaciones se disparan. Siento que las piernas me van a flaquear, pero no puedo ni quiero parar. Hoy tengo que llegar al final.
—Tu respiración está muy acelerada—me dices sonriendo. 
—Sí, pero no pares, sigue—te respondo con la voz entrecortada y una tímida sonrisa.
Tus movimientos son cada vez más rápidos, yo me dejo llevar. Cierro los ojos y parece que estoy sobrevolando el paraíso. El momento llega a su fin, hemos llegado juntos al límite.
— ¡Ha sido increíble! No creo que podamos mejorar lo de hoy. 
—Sí, siempre se puede superar.
Una vez descargada toda la adrenalina acumulada con una hora de footing, solo queda llegar a casa y disfrutar de una refrescante ducha.

martes, 18 de octubre de 2011

Perdida

Ilustración de Irene Martín





Malgaste mi tiempo trazando un camino hacia un final incierto. No sabía entonces que no era poseedora de mi destino. A cambio recorrí un sendero sombrío. Un paisaje de mustios arbustos de los que en ocasiones brotaba tímidamente una efímera y bella flor.
Bajo mis pies la tierra se resquebraja. Presencias oscuras surgían a mi paso. Ansiaban arrastrarme hacia la nada, apoderarse del alma sumergiéndome en su soledad. Herida, avanzaba, mientras las esperanzas de hallar el camino soñado mermaban.
Finalmente un cruce de caminos donde debía escoger, opté por desobedecer al corazón…
Perdí la noción del tiempo, sucedió en mi pasado o quizás en mi presente…M
e perdí o tal vez jamás me hallé.



http://www.irenemartin.com/

lunes, 19 de septiembre de 2011

La maleta


Es enero y la noche está fría y húmeda: la lluvia ciega los cristales. Mantuve la mirada fija en las dos rosas que dejaste al marchar; el tiempo las marchita como hizo con nosotros. Los recuerdos caen ahora en este abismo de silencio en el que se ha convertido nuestra casa. Y agradezco este llanto, que los ahoga.
Con la luz de la mañana, borro las huellas que de ti continuaban en mi piel. Y decido que es el momento de hacer la maleta. Busco en el baúl, cerrado hace tiempo, que aguarda, lleno de polvo, bajo la cama. —Volvamos a intentarlo—me digo. Y recojo del baúl fuerza para olvidarte, ilusión para conseguir mis sueños, pasión para amar de nuevo y esperanza para seguir viviendo. Y lo coloco, todo junto, en la maleta.

viernes, 26 de agosto de 2011

Último vuelo

Tanto tiempo soñándote, imaginando que sigues a mi lado. Han pasado dos años desde que te fuiste y todavía se respira tu olor en cada rincón de la casa. Me prometiste que volverías —Solo son dos días, volveré pronto—, mentiste.

Todo me recuerda a ti, hasta el detalle más simple, y son estos recuerdos los que hacen que te odie y siga amándote. No podré superarlo sin ti. Me repito constantemente lo que todos me repiten —Debes olvidarlo, princesa—. Cómo olvidar tu boca, aquellos besos, los brazos en los que me cobijaba y me sentía segura. Tu recuerdo me hace enmudecer, la nostalgia me paraliza y mi mundo se tambalea.

Cada día, al amanecer, me levanto, me pongo el vestido que tanto te gustaba y me pinto los labios con tu color favorito, rojo pasión —Debo de darme prisa, es la hora de ir a recogerte, la hora en la que debías haber vuelto. Quizás hoy sea el día que regresas.

Y aquí estoy, de nuevo esperándote, sentada entre una multitud de personas ajetreadas que arrastran las maletas de un lado a otro del aeropuerto, como hacías tú antes de emprender tu último vuelo.

  

domingo, 7 de agosto de 2011

Más allá de la vida

1 de junio de 2007 

Querido diario, hoy escribo para despedirme de ti. Ya no tengo fuerzas, las manos no me responden, la vista me falla, y además confundo las palabras. 
Hay días en que parece que todo va mejor, pero no son más que falsas esperanzas. Este demonio se apodera de mí. 
Hay una enfermera muy agradable y dulce conmigo, se llama Inés, está muy pendiente de mí, siempre tiene una sonrisa dibujada en su rostro; le cuento historias sobre mi vida y ella las escucha atenta. Estoy muy cansada. Tal vez le pida que escriba ella en mi diario.

--- Hola Inés, aquí estoy esperándote, hoy no me he ido a la discoteca.
--- Qué humor tienes, Teresa, así me gusta, cielo. Como te encuentras hoy, ¿has comido bien?
--- La verdad es que no; el doctor dice que me van a dar la comida por sonda, no me entra nada.  

       Verás, Inés, te quería pedir un favor…
--- Dime, cariño, lo que tú quieras.
--- Te importaría escribir por mí en mi diario.
--- Será un honor, sabes que solo tienes que pedirme las cosas, haré lo que esté en mi mano.

3 de junio de 2007

Querido diario, no es mi mano las que escribe, es la de Inés. Esta chica tiene una paciencia infinita, porque mis palabras cada vez salen más débiles.
Rafa viene a verme todos los días; yo le pregunto por su padre, hace dos semanas que no ha venido. El dice que Juan está enfermo, se ha hecho daño en una pierna y no puede venir… ¡Ay, qué mayores nos hacemos!
Le echo mucho de menos, nunca hemos pasado tanto tiempo separados, me gustaría verlo antes de perder la razón, y sé que me queda poco tiempo para que eso suceda. Logré vencer al cáncer cuando lo tuve en los ovarios, y la vida me dio una tregua para disfrutar de mi nieta y de mis seres queridos. Pero ahora está en mi cabeza y avanza rápido.
Estoy contenta, vienen a verme cada día mis hermanos, mi hijo, y muchos amigos, pero me faltas tú, Juan, amor mío.

5 de junio de 2007

Querido diario de Teresa, soy Inés. Ella quiere que siga escribiendo yo en su diario porque su estado empeora y casi no puede hablar, aunque no para de preguntar por su marido. Está triste, por momentos pierde la consciencia y ya no se puede mover.
He hablado con su hijo y me ha contado algo terrible que ella no debe saber. Juan, su marido, hace dos semanas que está ingresado por un maldito cáncer de huesos; cuando se lo detectaron ya era tarde, está muy avanzado y parece ser que ya está totalmente sedado; los médicos le han dicho que puede morir dentro pocas horas.



Hoy, al llegar a planta, me he encontrado con una triste noticia. El hijo de Teresa ha llamado para informarnos que llegarán más tarde a su visita. El padre ha fallecido de madrugada, y lo han avanzado todo para que esta misma tarde sea el sepelio. Nos dijo que no le digamos nada a su madre.
Me dirijo a la habitación 375 a ver a Teresa, con el corazón en un puño. Cuál es mi sorpresa al encontrármela muy animada y con su cabeza más lúcida que nunca. Con una sonrisa me dice:

--- Hola Inés, tengo una buena noticia, coge mi diario y anota, por favor.
--- Claro, Teresa, dime.

8 de junio de 2007

Hoy he recibido la visita de Juan, ha sido de madrugada, no sé cómo le han dejado entrar, pero me alegró tanto verlo. Venía muy guapo, con su traje azul marino, el que llevó en la boda de nuestro hijo.
Me ha dicho que esté tranquila, que él ahora ya no sufre, que muy pronto volveremos a estar juntos. Me dio un beso y se marchó.
Durante un rato sentí una paz enorme, me encontraba tan bien que no sentía ningún dolor.
Tengo ganas de estar con él, volver a pasear de su mano. Volver a viajar, nos gusta mucho, hemos ido cada año a un lugar diferente. Nos lo pasamos muy bien. A Juan le encanta bailar, a mí mirarlo cuando baila.
Ahora estoy más tranquila, sé que se encuentra bien. Y estoy segura de que mañana volveremos a vernos.


Yo no podía asimilar lo que me contaba, tenía la piel erizada y las lágrimas a punto de saltar. Escribí en su diario todo lo que me contaba, luego la abracé fuerte y le dije lo contenta que estaba por ella.
Antes de acabar mi turno, llegó el hijo de Teresa. Venía del cementerio, y ella le contó la visita de su padre. Él la escuchaba asombrado, su corazón no podía con tanto dolor, estaba agotado y como en una nube, de la que bajó de golpe al oír que el traje que Teresa decía que se había puesto para venir a verla, era el mismo con el que acababan de enterrar a su padre.

Aquélla misma noche, antes del amanecer, Teresa murió.


domingo, 24 de julio de 2011

Cadena perpetua

No recuerdo cuando empezó, en qué momento aquellas manos que me acariciaban se convirtieron en puños de acero. Los brazos que antes me abrazaban eran ahora mi cárcel; y las dulces palabras de amor, desprecios y gritos.

Cada golpe que tú me dabas, desfiguraba nuestros rostros; en el tuyo surgía la bestia.

Aquella noche no fue una de tantas. Mientras descargabas  sobre mi quebrantado cuerpo lo que tú llamabas amor, no sé si por el destino, mis súplicas o el alcohol, caíste golpeándote certeramente.

Con tu muerte, creí quedar libre para siempre. No sabía entonces que algunas secuelas son para toda la vida. Como otra cadena perpetua.


Jan Saudek


lunes, 18 de julio de 2011

Nunca es tarde

Una versión impresionante de mi texto ahora poesía. Realizado por Manuel López Rey.

Serpenteas hacia mí.
Inyectas el veneno que paraliza, y esperas.

Esperas escondida y acechando sin tregua
desde debajo de la máscara.
En mi interior, silencio
y un ayer que espera despertar.

Te acercas de nuevo, sigilosa,
me rodeas y me asfixias
poco a poco.

Cierro los ojos, impotente,
y noto que me invades
y el antídoto a tu veneno escondido en mi interior.
No eres más que un espectro.

Adentro me pierdo entre recuerdos,
culpas y reproches,
aislada. Y no quiero.


El antídoto comienza a hacer efecto.
Liberas mi cuerpo y te alejas
reptando en busca de otro
a quien sumir en una profunda tristeza.

Ahora soy yo quien se arrastra lenta, hacia afuera.
Desacostumbrada,
la luz ciega y el aire
tan espeso oprime mi pecho y me asfixia también.

Lenta continúo,
ante esta multitud ajena a mi pánico.

A medida que avanzo, crezco,
y es mi propia sangre que impregna otra vez mi cuerpo.
Ese maravilloso olor a vida.

Me yergo y sé
que ahora no es tarde.