viernes, 18 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
El color de las palabras
![]() |
| Obra; Gonzalo Torné. |
Un dorado día de
diciembre,
despertaron los sentidos.
despertaron los sentidos.
Alegres mañanas color malva,
tardes de espirales verdes,
noches de un cálido azul.
Mundo de formas y colores
surgen entre palabras.
Esmeralda y esperanza,
llaman a la puerta de violeta y lilas trenzados.
Cruzan ideas como rayos,
brillan en tonos plateados, pasan, fluyen…
Traje de artista, corazón de colores.
Verónica Grau.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Supervivientes
La vida
es un camino que recorremos, no se sabe bien por qué y para qué, ni si será largo o corto, pero si
sabemos que ese recorrido es diferente
para cada uno de nosotros. Para algunas personas es un camino recto, para otros
está lleno de curvas, y algunos se encuentran con un giro inesperado que
les obliga hacer un punto y aparte en el camino. A partir de ahí comienzan una
lucha para sobreponerse a ese giro brutal.
A lo
largo de la vida de todos nosotros van
apareciendo personas, unas pasan fugazmente, otras te acompañan en las
diferentes etapas de la vida. Las hay que dejan huella y te dan una lección de
vida, para mí, Miguel Ángel Cuesta es una de esas personas. Me alegra que nuestros caminos se hayan cruzado. Gracias.
Comparto
de nuevo algunas de mis poesías, esta vez con las bonitas fotografías de Miguel
Ángel.
En el camino
Miro sin ver el horizonte
presente incierto y dichoso
futuro desconocido e ilusionante.
Eterno y bello misterio
perpetua e inquietante duda.
Delirios de un espíritu libre.
*****
Tesoros infinitos
Luz de oro y platino,
cristales de cuarzo, arena dorada.
Besos de sol en el horizonte,
cuando la luna se esconde.
El mar modela piedras y sentidos,
arte del tiempo, huellas de vida.
Rumor de olas que regalan calma,
momentos de paz que colman el alma.
Luz de oro y platino,
cristales de cuarzo, arena dorada.
Besos de sol en el horizonte,
cuando la luna se esconde.
El mar modela piedras y sentidos,
arte del tiempo, huellas de vida.
Rumor de olas que regalan calma,
momentos de paz que colman el alma.
*****
Una ventana a los sueños
Llévame a través de tus versos a tu mundo.
Un mundo de ensueño, donde las palabras son el alimento del alma.
Donde el tiempo ralentiza su ritmo, los minutos se convierten en horas.
Donde el embrujo de la noche te abraza y la soledad se puebla de estrellas.
Con cada verso un suspiro, con cada estrella una sonrisa.
*****
Cálido paisaje
Amanece, la luz se desliza caprichosa por campos desnudos. La mirada se pierde entre bellas lomas, exquisitamente moldeadas por la naturaleza.
Recorro sin prisa los espacios, juego en ellos, en sus altos, valles y laderas, en un dulce caminar.
Cantos y suspiros de la mañana me guían por el suave sendero hasta el interior de un volcán de vida.
Tierra de fuego teñida de rojo rubí. Contemplo su fuerza, siento como se estremece y tiembla. Azules son sus movimientos que juegan con los verdes de mi lienzo y dan forma a los sueños.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Ágora de amor
![]() |
| Ilustración; Gonzalo Torné. |
Como diamantes engarzados dos cuerpos dibujan un arcoíris en la noche.
Impregnados de amor pintan con las manos sueños de futuro.
Sus almas acompasadas son la esencia pura de los sentidos.
El silencio, a la vez aliado y enemigo los rodea.
Un destino incierto los guía a ciegas por el mismo camino.
Verónica Grau.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Juego de niños II
La
Guerra Civil había acabado. La vida de
Ricardo continuaba, ahora las sirenas ya
no sonaban a todas horas y ya no tenía que correr a esconderse. No de las
sirenas: pronto descubriría a su nuevo enemigo.
Ricardo tenía
un nuevo hermanito, Rafael, un bebé de mejillas sonrosadas, inquieto y
tragón. La comida escaseaba en casa, y por mucho esfuerzo que sus padres hacían
no era suficiente. Así que Ricardo alternaba el colegio con un nuevo juego.
Cada día al volver a casa empezaba la
tarea. Cogía granos de trigo y los molía, luego los cernía para separar la
harina del salvado. Repartía la harina en sacos de 15 o 20 kg dejándolos
preparados para que su madre hiciera el estraperlo. Al anochecer, su madre los llevaba a un horno
que había en el pueblo, donde la dueña, la señora Luisa, a cambio de unos
cuantos kilos de harina se los devolvía convertidos en pan. Antes de que
amaneciera su madre volvía a recogerlos. Luego en casa lo cambiaba a los
vecinos por arroz, aceite, leche, huevos… Cualquier alimento era bueno para dar
a sus hijos. También lo vendía para volver a comprar trigo y repetir la cadena.
Una de
esas noches su madre salió con los sacos hacia el horno. El camino era largo y
difícil. Al peligro de ser detenida por los guardias se añadía el de las
personas que movidas por el hambre eran capaz de cualquier cosa. Cuando atravesaba una zona de arboleda vio
una pareja de la Guardia Civil y rápidamente se echó al suelo escondiéndose
entre unos matorrales. Fue arrastrándose en silencio, las piedras del camino
hicieron magulladuras en sus piernas, pero aún así continuaba avanzando. No
podía permitir que la descubrieran y le requisaran los sacos de harina que tanto trabajo le
habían costado a su pequeño y mucho menos que la detuvieran.
De repente uno de los guardias la vio y corrió
hacia ella. La mujer, con las piernas y el cuerpo dolorido, se levantó y comenzó a correr con los sacos
en su espalda— ¡Alto a la guardia civil!—le gritó uno de ellos. Ella corría sin
mirar atrás. Sacaron el arma — ¡Alto, deténgase o disparo!— No hubo más
avisos, dispararon contra ella. La bala
pasó rozando el brazo, le produjo una herida y se vio obligada a soltar uno de
los sacos. Llegó hasta uno de los refugios, corrió a través del laberinto de
pasadizos y allí pudo despistarlos. Después, a pesar de su estado y del miedo
que había pasado, continuó su camino y entregó la harina. Volvió a casa dando un gran rodeo para evitar
encontrárselos de nuevo.
En casa
esperaba Ricardo cuidando de sus dos hermanos, extrañado y nervioso por la
tardanza de su madre. Su padre trabajaba hasta muy tarde, enlazando un trabajo con otro y llegaba a
casa de madrugada. Cuando Ricardo vio a su madre aparecer por la puerta
llorando se dio cuenta de que estaba sangrando;
sintió un dolor que le oprimía el pecho, y sin poder articular palabra
solo acertó a exclamar: -¡Madre! No hacía falta más, su mirada lo decía todo.
—No pasa nada Ricardo, tranquilo me pondré bien—le susurró al oído mientras lo
abrazaba con fuerza.
El
pequeño Ricardo no podía evitar las lágrimas. Lo intentaba, tragaba saliva una
y otra vez intentando deshacer el nudo que sentía en su garganta. Pero era
inútil. Por una vez desobedeció algo que su padre le había dicho siempre: — Los
hombres valientes y fuertes no lloran jamás.
Después
de acostar a sus hermanos pequeños, Ricardo ayudó a su madre a curar las
heridas, mientras esta le explicaba lo sucedido. —No le digas a tu padre que me
han disparado, la herida es leve y no se dará cuenta. No quiero que se enfrente
a ellos, lo matarían— le rogó su madre con lágrimas en los ojos. —Esta bien
madre, no diré nada, pero no volverás hacerlo más. Yo ya soy mayor, tengo nueve
años madre, puedo cargar los sacos y a mí no me verán entre los matorrales. —
¡No Ricardo es muy peligroso!—exclamó su madre. —Más lo es para ti. Si tú
faltas, si te detienen o te pasa algo… ¿qué será de mis hermanos? Padre no
puede ocuparse de ellos. Yo iré, soy rápido y fuerte… ya lo verás, madre.
Déjame demostrártelo —dijo Ricardo sonriendo y mostrando a su madre la fuerza
de su pequeño brazo.
A pesar
de que ella sabía lo peligroso que era también sabía que su hijo tenía razón.
Un niño pasaría más desapercibido que un adulto ante los ojos de los guardias.
Así que antes del amanecer Ricardo se levantó y sin miedo a nada, como si de un
juego se tratara, se vistió, se calzó sus viejas botas y después de besar a su
madre partió hacia horno en busca de los sacos de pan.
Todo el
pueblo estaba solitario, solo quedaban algunas personas que como él intentaban
sobrevivir a tanta miseria. Llegó a su destino sin problemas y contento, muy
contento. Se sentía orgulloso de ayudar en casa, le hacía sentirse grande, tan
grande como lo era su corazón.
La cara de sorpresa de la dueña del horno al
abrir la puerta y verlo hizo sonreír a Ricardo. Le dijo: —Hola, señora Luisa,
vengo a buscar los sacos que trajo mi madre anoche. — ¿Cómo piensas
llevártelos si son más grandes y pesados
que tú?—dijo la señora mientras lo miraba de arriba abajo. No podía creer que un niño tan menudo pudiera
con esa carga. —Mire, señora Luisa… soy fuerte, muy fuerte, me paso horas con
mis dos hermanos en brazos y el pequeño Rafael pesa mucho, es un glotón... Si
puedo con ellos puedo con esos sacos. Además, no dejaré que mi madre corra
ningún peligro nunca más—. Dicho esto se
cargó los sacos a su pequeña pero fuerte espalda y corrió tanto como el peso le
permitía.
Con cuidado pasó el tramo donde siempre
acostumbraba a estar la pareja de guardias. Ricardo llegó a casa cansado pero
orgulloso de su hazaña. — ¡Ya estoy aquí, padre! ¿Te ha contado madre donde he
ido?— Sí pequeño, eres todo un hombre— exclamó su padre mientras lo levantaba
en el aire sonriéndole y llenándolo de
besos. Las muestras de afecto de sus padres eran para él la mejor recompensa a su
trabajo. A la mañana siguiente, el colegio le esperaba. Desayunó y se marchó
más contento que nunca.
Los
años fueron pasando y Ricardo cada día iba tomando más forma de hombre. Su
cuerpo crecía como tal; las responsabilidades ya las asumió desde niño. Sus
padres lograron con esfuerzo y sacrificio comprar ganado. Siempre
emprendedores, con fuerza y voluntad iban sacando a su familia adelante.
Llegó
el momento en que Ricardo acabó sus estudios obligatorios. Uno de sus maestros
ofreció a sus padres ayudarles económicamente para que pudiera seguir con los
estudios fuera del pueblo. Vio en él a un niño inteligente capaz de acabar con
éxito una carrera. Pero sus padres no podían permitirse quedarse sin su hijo
mayor, lo necesitaban para que les
ayudara con el ganado. Aquí empezó una nueva etapa en la vida de Ricardo.
Acabó su juego de niños. La adolescencia le
esperaba para seguir trabajando duro, de sol a sol. Mientras, sus sueños se
quedaban entre las verdes montañas y el cielo azul de un pequeño pueblo.
Verónica
Grau.
![]() |
| Fotografía: Manel Subirats. http://instagram.com/msubirats |
Mis agradecimientos a, Manel Subirats, por permitirme utilizar sus magníficas fotografías para acompañar mis textos. A Víctor Sáez de Torregrosa, por sus recomendaciones para mejorar mis relatos y a Gonzalo Torné por su incondicional apoyo y su amistad.
martes, 17 de septiembre de 2013
Juego de niños
Año
1936. El 18 de julio estallaba la Guerra
Civil Española. Un número todavía incierto,
aproximadamente un millón de personas,
fueron víctimas, todas ellas sin
sentido. Unas en combate, otras ejecutadas y las que no cuentan las
estadísticas que murieron de hambre, enfermedades y de pena por las duras situaciones en las que se
hallaban. En cada hogar había una tragedia personal. Esta es la historia de uno
de tantos niños que pasaron su niñez jugando sin jugar entre alarmas y bombas.
Ricardo
tenía tres años y medio cuando todo empezó. Vivía en un pueblo cercano a Barcelona con sus padres y una hermana menor
que él. Su padre tuvo que irse al frente mientras su madre hacia lo imposible
por sacar a sus hijos adelante. El primer juguete que tuvo Ricardo fue su
hermana Gloria. Él era encargado de cuidarla y alimentarla mientras su madre
salía a trabajar. Las palabras que su padre le dijo antes de marcharse quedaron
grabadas en su memoria: — Ahora eres el hombre de la casa, cuida de ellas,
pequeño, hasta que yo vuelva.
En el
pueblo había una fábrica que durante la guerra
se utilizaba para hacer armamento,
y por ello eran habituales los bombardeos. Lo primero que aprendió
Ricardo fue a identificar el sonido de “La Pava”, que así llamaban al bombardero
que sobrevolaba el pueblo. Entonces, como su madre le había enseñado y como si
de un juego se tratara, estuviera donde estuviera al oírla tenía que correr a
cobijarse a casa o al refugio más
cercano.
En una
ocasión Ricardo jugaba con sus amigos lejos de su vivienda. De repente, las alarmas sonaron y todos
corrían a sus casas. Ricardo y sus amigos no sabían dónde ir, pues el refugio
más cercano estaba lejos y “La Pava” sonaba cada vez más cerca. Una anciana los
llamó — ¡Rápido, pequeños, venid! — Asustados
corrieron a casa de la anciana, que los llevó a un gallinero que hacía las
veces de refugio — ¡Vamos, a prisa!
buscad unos palitos y ponéoslos en la boca, mordedlos y no los soltéis hasta
que yo os diga —. Con los ojos cerrados y mordiendo con fuerza aquel palo
permanecieron todos hasta oír la explosión. Después el silencio…
La
anciana empezó a gritar entre arcadas. — ¡Agsss… qué asco, Dios mío! ¡No! —todos la miraban
asombrados y asustados sin saber muy bien qué pasaba. — ¿Está bien señora? ¿Qué
le pasa? — preguntó Ricardo a la anciana. Ella contestó entre aspavientos: —
¡Lo que me metí en la boca era un palo acompañado de mierda de gallina! — Los
pequeños rompieron la tensión del momento con enormes carcajadas, convirtiendo
un duro episodio en una divertida anécdota.
Pero no
siempre eran anécdotas divertidas que recordar. Ricardo empezó a ir a la
escuela, algo que le hacía feliz. Estar con niños de su edad y aprender, que
además era fácil para él, era un niño
inteligente y aplicado. El camino a la escuela era largo y difícil para
un niño tan pequeño, pero Ricardo era fuerte y no temía a nada. Cada mañana
pasaba por casa de unos amigos, un niño
de su edad, Manuel, y su hermana menor, Sofía;
juntos continuaban el camino hacia la escuela. Un día de tantos, al
volver a casa, las alarmas comenzaron a sonar, cuando pasaban cerca de la
fábrica, así que la situación era más peligrosa si cabe. — ¡Las sirenas! ¡”La
Pava”, que viene”La Pava”! ¡Corred,
Manuel, Sofía vamos al refugio!— Ricardo corrió a toda prisa, pero al mirar
hacia atrás vio a los hermanos cobijarse en un paso subterráneo, les gritó: —
¡No, ahí no, es peligroso, vamos al refugio! — Pero no le hicieron caso.
Asustados Manuel y Sofía se acurrucaron bajo tierra. Ricardo dudó por un
momento si retroceder e ir con ellos, pero recordó las palabras de su madre y
optó por seguir hasta el refugio. El sonido de las bombas era devastador, más
todavía debido a la cercanía de la fábrica. Una de las bombas fue a caer en la
boca del paso subterráneo. La onda expansiva destrozó a los dos hermanos,
Manuel y Sofía, que murieron en el acto. Una vez pasado el ataque, Ricardo
corrió a buscar a sus amigos, se hizo paso a través de las personas que
taponaban la entrada del túnel y la escena que sus ojos vieron fue una herida
más en su corazón.
Sus
días transcurrían entre las obligaciones en la escuela y en casa. En sus pocos
momentos libres soñaba… Un día uno de
esos sueños se hizo realidad. En su cumpleaños recibió de su madre el juguete
que siempre había deseado, un caballo. Era un caballo precioso y grande,
parecía real al menos para sus ojos de niño.
Momentos llenos de felicidad para él, enseñándolo a sus amigos,
instantes de alegría que atemperaban una dura realidad. Daba de comer a su
hermana, la bañaba y hacía las tareas de casa, todo bajo la mirada de su
caballo. Por las noches cuando todos dormían, Ricardo, se imaginaba galopando a
lomos de su preciado e inseparable amigo. En una mano las riendas, en la otra
una poderosa y mágica espada de madera. Gritaba en silencio los nombres de sus
amigos, Manuel y Sofía, apuntaba al cielo, pues allí es donde le habían dicho
que estaban e imaginaba que regresaban a su lado. Se sentía un héroe, el héroe que
iba acabar con la guerra y traer a su padre sano y salvo a casa. Cuando el
cansancio le vencía volvía a la realidad, una sensación de tristeza le embargaba,
acariciaba a su amigo y se dormía. Así noche tras noche… Y llegó el día en que
pensó que su caballo tendría sed y que debía lavarlo para mantenerlo
reluciente. Cuál sería su sorpresa cuando al sumergirlo en el agua vio como se
deshacía convirtiéndose en tan solo unos pocos trozos de cartón, ni rastro de
su compañero de aventuras. De la sorpresa a la desilusión y a la tristeza por
la pérdida de su fiel amigo. Algo más para relatar a su añorado padre al que
cada noche recordaba. Pero Ricardo era fuerte, la vida lo había hecho fuerte.
Una
mañana, cuando todavía se desperezaba
para empezar un nuevo día, oyó las voces agitadas de un grupo de personas. Se
asomó a la ventana, pero no lograba ver nada. Se colocó rápidamente sus
pantalones cortos de pana, su camisa, sus calcetines largos hasta la rodilla y
sus zapatos algo desgastados. Se peinó minuciosamente la raya como su madre le
había enseñado y salió a la calle. Observó entonces cómo cientos de soldados
tomaban las calles, entrando por varios frentes concentrándose en medio del
pueblo. Las tropas franquistas hicieron parada en la pequeña villa usando el
colegio como cuartel, para luego avanzar a tomar la capital. Ricardo lo
observaba todo ajeno a lo que significaba. Todo era como un juego, un desfile
de soldados luciendo uniformes y fusiles.
Poco
después disfrutaría de una de sus mayores alegrías. Una tarde del mes de abril
de 1939 su padre volvía a casa sano y salvo. La guerra había acabado. Ricardo
era, en esos momentos, un niño afortunado comparado con las muchas familias que
habían quedado destrozadas. La alegría fue efímera, los primeros años de la
posguerra fueron muy duros. El hambre, la pobreza, la falta de libertad y la
dictadura militar a la que fueron sometidos hizo sumir al pueblo de nuevo en la
tragedia. Ricardo siguió creciendo jugando a trabajar.
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| Fotografía: Manel Subirats. http://instagram.com/msubirats |
martes, 6 de agosto de 2013
Algar de colores
Hoy no
voy a escribir ninguna historia sobre un personaje imaginario o un poema, hoy
voy a compartir un sueño que se ha hecho realidad gracias a un gran amigo,
Gonzalo Torné.
Sus
fantásticos cuadros cargados de colores y formas han dado vida a mis textos y a
su vez mis palabras han inspirado al artista a crear bonitas obras. De esa
fusión nace Algar de colores.
Hace
unos pocos meses la vida me golpeó duramente llevándose a mi padre, a
él quiero dedicarle con todo mi amor este libro.
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