domingo, 26 de junio de 2011

Más allá de la vida

1 de junio de 2007

Querido diario, hoy escribo para despedirme de ti. Ya no tengo fuerzas, las  manos no me responden, la vista me falla, y además confundo las palabras.
Hay días en que parece que todo va mejor, pero no son más que falsas esperanzas. Este demonio se apodera de mí.
Hay una enfermera muy agradable y dulce conmigo, se llama Inés, está muy pendiente de mí, siempre tiene una sonrisa dibujada en su rostro; le cuento historias sobre mi vida y ella las escucha atenta. Estoy muy cansada. Tal vez le pida que escriba ella en mi diario.


--- Hola Inés, aquí estoy esperándote, hoy no me he ido a la discoteca.
--- Qué humor tienes, Teresa, así me gusta, cielo. Como te encuentras hoy, ¿has comido bien?
--- La verdad es que no; el doctor dice que me van a dar la comida por sonda, no me entra nada. Verás, Inés, te quería pedir un favor…
--- Dime, cariño, lo que tú quieras.
--- Te importaría escribir por mí en mi diario.
--- Será un honor, sabes que solo tienes que pedirme las cosas, haré lo que esté en mi mano.


3 de junio de 2007

Querido diario, no es mi mano las que escribe, es la de Inés. Esta chica tiene una paciencia infinita, porque mis palabras cada vez salen más débiles.
Rafa viene a verme todos los días; yo le pregunto por su padre, hace dos semanas que no ha venido. El dice que Juan está enfermo, se ha hecho daño en una pierna y no puede venir… ¡Ay, qué mayores nos hacemos! 
Le echo mucho de menos, nunca hemos pasado tanto tiempo separados, me gustaría verlo antes de perder la razón, y sé que me queda poco tiempo para que eso suceda. Logré vencer al cáncer cuando lo tuve en los ovarios, y la vida me dio una tregua para disfrutar de mi nieta y de mis seres queridos. Pero ahora está en mi cabeza y avanza rápido.
Estoy contenta, vienen a verme cada día mis hermanos, mi hijo, y muchos amigos, pero me faltas tú, Juan, amor mío.

5 de junio de 2007

Querido diario de Teresa, soy Inés. Ella quiere que siga escribiendo yo en su diario porque  su estado empeora y casi no puede hablar, aunque no para de preguntar por su marido. Está triste, por momentos pierde la consciencia y ya no se puede mover.
He hablado con su hijo y me ha contado algo terrible que ella no debe saber. Juan, su marido, hace dos semanas que está ingresado por un maldito cáncer de huesos; cuando se lo detectaron ya era tarde, está muy avanzado y parece ser que ya está totalmente sedado; los médicos le han dicho que puede morir dentro pocas horas.
         
                                   

Hoy, al llegar a planta, me he encontrado con una triste noticia. El hijo de Teresa ha llamado para informarnos que llegarán más tarde a su visita. El padre ha fallecido de madrugada, y lo han avanzado todo para que esta misma tarde sea el sepelio. Nos dijo que no le digamos nada a su madre.
Me dirijo a la habitación 375 a ver a Teresa, con el corazón en un puño. Cuál es mi sorpresa al encontrármela muy animada y con su cabeza más lúcida que nunca. Con una sonrisa me dice:
---- Hola Inés, tengo una buena noticia, coge mi diario y anota, por favor.
---- Claro, Teresa, dime.




8 de junio de 2007

Hoy he recibido la visita de Juan, ha sido de madrugada, no sé cómo le han dejado entrar, pero me alegró tanto verlo. Venía muy guapo, con su traje azul marino, el que llevó en la boda de nuestro hijo. 
Me ha dicho que esté tranquila, que él ahora ya no sufre, que muy pronto volveremos a estar juntos. Me dio un beso y se marchó. 
Durante un rato sentí una paz enorme, me encontraba tan bien que no sentía ningún dolor.
            Tengo ganas de estar con él, volver a pasear de su mano. Volver a viajar, nos gusta mucho, hemos ido cada año a un lugar diferente. Nos lo pasamos muy bien. A Juan le encanta bailar, a mí mirarlo cuando baila.
Ahora estoy más tranquila, sé que se encuentra bien. Y estoy segura de que mañana volveremos a vernos.
                            

Yo no podía asimilar lo que me contaba, tenía la piel erizada y las lágrimas a punto de saltar. Escribí en su diario todo lo que me contaba, luego la abracé fuerte y le dije lo contenta que estaba por ella. 
Antes de acabar mi turno, llegó el hijo de Teresa. Venía del cementerio, y ella le contó la visita de su padre. Él la escuchaba asombrado, su corazón no podía con tanto dolor, estaba agotado y como en una nube, de
la que bajó de golpe al oír que el traje que Teresa decía que se había puesto para venir a verla, era el mismo con el que acababan de enterrar a su padre.

Aquélla misma noche, antes del amanecer, Teresa murió.

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